VE EL AZAR

 
Abril de 2006, revisión Agosto de 2009

Platón cita a Sócrates diciendo que "una vida no examinada no vale la pena vivirla." Parte de lo que quizo decir era que el papel apropiado de los seres humanos es pensar, al igual que el papel apropiado de los osos hormigueros es meter sus narices en los hormigueros.

Mucha de la filosofía antigua tuvo la cualidad —y no me refiero a esto de una manera insultante— de la clase de conversaciones que los universitarios de recien ingreso tienen a altas horas de la noche en sus habitaciones:

¿Cuál es nuestro propósito? Bueno, los humanos somos claramente diferentes de otros animales como el oso hormiguero. En nuestro caso, el rasgo distintivo es la capacidad de razonar. Así que, obviamente, eso es lo que deberíamos estar haciendo, y un ser humano que no lo hace está haciendo un mal trabajo de ser humano—no es mejor que un animal.

Ahora daremos una respuesta diferente. Al menos, una que alguien con la edad de Sócrates daria. Preguntaremos por qué aun suponemos que tenemos un "propósito" en la vida. Es posible que estemos adaptados mejor para algunas cosas que para otras; puede que seamos más felices haciendo cosas para las que estamos adaptados; pero ¿por qué suponer un propósito?

La historia de las ideas es una historia de ir descartando gradualmente la hipótesis de que todo se trata de nosotros. No, resulta que la tierra no es el centro del universo —ni siquiera el centro del sistema solar. No, resulta que los seres humanos no son creados a semejanza de Dios; sino que son sólo una especie entre muchas, que desciende no sólo del mono, sino a partir de microorganismos. Incluso el concepto de "yo" resulta estar un poco difuminado en sus bordes si lo examinamos de cerca.

La idea de que somos el centro de las cosas es difícil de descartar. Tan difícil que es probable que haya espacio para descartar más. Richard Dawkins dio otro paso en esa dirección apenas en las últimas décadas, con la idea del gen egoísta. No, resulta que ni siquiera somos los protagonistas: sólo somos el vehículo último modelo que nuestros genes han construido para viajar adentro. Y tener hijos es la manera en que nuestros genes se procuran botes salvavidas. Leer ese libro sacó a mi cerebro de su anterior forma de pensar de la manera en que el de Darwin debe haberlo hecho cuando apareció por primera vez.

(Pocas personas pueden experimentar ahora lo que los contemporáneos de Darwin experimentaron cuando El Origen de las Especies fue publicado por primera vez, porque ahora todo el mundo es educado ya sea para dar la evolución por hecho, o considerarla como una herejía. Nadie se encuentra con la idea de la selección natural por primera vez siendo adulto.)

Así que si quieres descubrir cosas que han sido pasadas por alto hasta ahora, un muy buen lugar para buscar es en nuestro punto ciego: en nuestra ingenua creencia natural, de que todo es sobre nosotros. Y espera encontrar una feroz oposición si lo haces.

Por el contrario, si tienes que elegir entre dos teorías, escoge la que no se centra en ti.

Este principio no es sólo para las grandes ideas. Funciona en la vida cotidiana, también. Por ejemplo, supongamos que estas guardando un trozo de pastel en el refrigerador, y regresas a casa un día para encontrar que tu compañero de piso lo ha comido. Dos teorías posibles:

a) Tu compañero de piso lo hizo deliberadamente para molestarte. Él sabía que estabas guardando ese pedazo de pastel.

b) Tu compañero de piso tenía hambre.

Yo diría que elijas b. Nadie sabe quien dijo "nunca atribuyas a la malicia lo que puede explicarse por la incompetencia", pero es una idea poderosa. Su versión más general es nuestra respuesta a los griegos:

No veas un proposito, donde no lo hay.

O mejor aún, la versión positiva:

Ve el azar.

 




Traducido de See Randomness por Paul Graham. Traducción: Armando Alvarez